Las guerras que libró Escobar, el genio del mal
Ninguna autoridad ha estado en condiciones de ofrecerles a los historiadores de cuño reciente, ni a la prensa de su país, un dato preciso de los miles de muertos que hubo en Colombia por orden de Pablo Escobar, abatido un día después de haber cumplido sus 44 años.
Se habla en cifras redondas de 4 mil víctimas en las promociones de la telenovela próxima a ser estrenada por el Canal Caracol, pero el número luce arbitrario, además de conservador, para los periodistas que cubrieron el accionar delictivo del jefe del ‘Cartel de Medellín’.
El temible Escobar –un hombre de extracción humilde que comenzó robando lápidas de los cementerios de Medellín y llegó a figurar entre los 100 hombres más ricos del mundo— libró al propio tiempo pertinaces confrontaciones armadas con el Bloque de Búsqueda que procuraba cazarlo a cualquier precio; con el ‘Cartel de Cali’, de los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, y con ‘Los Pepes’, el escuadrón paramilitar organizado por los hermanos Fidel y Carlos Castaño Gil, quienes decidieron dejarlo solo al encontrar demencial la confrontación armada que el capo le planteó al Estado colombiano.
Los laureles de la muerte del enemigo público número uno, ocurrida el 2 de diciembre de 1993, en un tejado de una modesta vivienda del barrio Los Olivos, se los dividieron por partes iguales el Bloque de búsqueda y ‘Los Pepes’, aunque la versión oficial siempre haya pretendido atribuírselo a la Policía solamente.
Los personajes definidos
Ya hemos visto en los avances promocionales del seriado televiso al muy bien maquillado Andrés Parra, encarnando a Escobar; a Vicky Hernández, en el rol de doña Herminia, la sufrida madre del capo; a Angie Cepeda, en el papel de Virginia Vallejo, la amante del narcotraficante; a Cecilia Navia, representando a la esposa y madre de Juan Pablo y Manuela; a Germán Quintero, en la encarnación de don Guillermo Cano, director de El Espectador; a Nicolás Montero, en el papel de Luis Carlos Galán y a Ernesto Benjumea, en el de Rodrigo Lara.
Los que están por verse en la historia
El telespectador espera ver representados en pantalla, en “Escobar, el patrón del mal”, al entonces presidente César Gaviria Trujillo; al ministro de Defensa, Rafael Pardo Rueda; al sacerdote eudista Rafael García Herreros, quien ofició como garante de su entrega a la justicia; al ex ministro Joaquín Vallejo Arbeláez, su padrino de bautizo; a Guido Parra, su abogado defensor, secuestrado y muerto por ‘Los Pepes’; a Roberto Escobar, “El osito”, su hermano, que quedó casi ciego al abrir una carta-bomba en el penal de máxima seguridad de Itagüí; Gonzalo Rodríguez Gacha, “El mejicano”, segundo en el mando del cartel, y John Jairo Velásquez Vásquez, alias “Popeye”, mano derecha de don Pablo.
Con la serie Medellín revivió una de sus épocas más difíciles de la historia.
Los escenarios naturales
Diecinueve años después de la muerte de Escobar, quedan pocos escenarios en los que se desenvolvió el temido narcotraficante nacido en humilde hogar, en Rionegro, Antioquia, el 1º de diciembre de 1949, y criado en su juventud en el barrio La Paz, de Envigado.
Su morada final, en Jardines Montesacro, al sur de Medellín, recibe los cuidados permanentes de familiares y amigos del capo. También la visitan anónimos admiradores y personas que recibieron de su parte alguna ayuda en especie para salir de la indigencia.
El empinado lote en el que funcionó por poco tiempo la cuestionada cárcel de “La Catedral”, en Envigado, hecha a su gusto, capricho y medida, se ha convertido en una enorme urbanización para clases populares.
De este penal (que tenía más cara de club que de centro carcelario) se fugó Escobar con nueve de sus compinches cuando el gobierno, al comprobar que seguía delinquiendo, quiso llevarlo a una cárcel de verdad.
El rey de las caletas
Don Pablo o “El doctor” fue considerado “el rey de las catelas” que él mismo diseñaba y ordenaba construir en sus escondites para burlar la acción de la justicia. Todas sus propiedades más vistosas disponían de algún rincón secreto para mimetizarse o de una vía de escape que nadie más conocía. Se dijo en su tiempo que terminadas las obras de construcción, hacía pasar por las armas a los albañiles para que jamás revelaran la ubicación de sus refugios.
Como su socio Rodríguez Gacha, “El mejicano”, también se llevó a la tumba la información más valiosa sobre el paradero de las caletas en las que almacenaba enormes cantidades de dólares, producto del narcotráfico. Muy pocas fueron halladas en la dispendiosa tarea de búsqueda.
Su vistoso edificio “Mónaco”, de El Poblado, donde los Rodríguez Orejuela le pusieron una madrugada un poderoso carro-bomba (el primero que explotó en el país en el inicio de la tenebrosa era narcoterrorista) terminó convertido en despachos judiciales dependientes de la Fiscalía General de la Nación. Se ignora qué fin tuvieron las costosas obras de arte que le fueron confiscadas por sus perseguidores. Su bella colección de autos antiguos fue quemada y reducida a chatarra por “Los Pepes”.
Tomás Nieto - EL PERIÓDICO